Sin palabras


 

Si tuviera tiempo me dedicaría a organizar un grupo de voluntarios que ayudasen a las personas que se encuentran enfermas y están en las consultas externas de los hospitales. En concreto lo haría en Carlos Haya, que es el hospital más importante de mi ciudad. Perdón si he sido demasiado directa, pero me he pasado toda la mañana allí con mi padre al que hoy atendían por primera vez en el hospital de día para la primera sesión de quimioterapia. Hay personas que tienen la suerte de ir con algún familiar, pero hay cientos de ellos que están solos esperando que alguna de las señoras (casi todas son mujeres) que están en la antesala de la consulta tengan con ellos algo más que un “espere ahí por favor que ahora le llamamos”.

Y que conste que a nosotros nos han atendido bien, pero he observado y ayudado a varias personas mientras mi padre estaba recibiendo el tratamiento durante más de tres horas. Había muchas personas mayores, solas, desorientadas, dando vueltas con recetas para ser visadas en la mano, agobiadas y algo maredadas porque llevaban cuatro horas en ayunas esperando hacerse alguna prueba. Yo he intentado ayudar a algunas de estas personas mientras esperaba porque me indigna demasiado ver como a personas de 70 y 80 años se les marea, no se les da información adecuada y se les trata con la punta del pie porque están solos allí. Por eso, cuando he terminado de acompañar a la última señora, que venía de un pueblo de Granada, a la oficina de atención al paciente para que visara unas recetas para su marido de 79 años que estaba recibiendo quimioterapia como mi padre, he decidido que cuando me marche de la actividad política me encantaría organizar a un grupo de voluntarios que actuaran de cicerones en estas consultas externas para ayudar a estas personas, que además de estar absolutamente desinformadas, necesitan apoyo porque están.

Creo que primero habría que informar y formar a los voluntarios sobre el funcionamiento del hospital y los protocolos de actuación y, después desde luego, seleccionar a aquellos que tengan buen estado de ánimo, mucha fuerza y una buena dosis de buen humor y de simpatía. Eso es lo que le hace falta al personal que está justo antes de las consultas. Es decir, todas las personas con las que tienes que tratar antes de ver al doctor. No se realmente que categoría profesional tienen, ni si son enfermeras, auxiliares o administrativos. Realmente me da igual. Lo que sí me importa es que estas personas que son las primeras que te atienden al llegar a la consulta y a la que le das el papelito de la cita con el médico, deben de ser algo más amables, más humanas y con más sentido común. Yo comprendo que pueden llevar años haciendo su trabajo e incluso que pueden estar algo quemadas al estar en un lugar que es la primera puerta a la que llegan todos los enfermos. Y mientras espero, reflexiono en lo poco que cuesta escuchar, sonreir e incluso dar un apretón en las manos cuando la persona que está delante tuya te lo está pidiendo a gritos.

Por eso mismo pienso que igual de importante que la atención que te de el doctor, debe ser el trato que recibas cuando vas a una cita a la consulta de oncología, por ejemplo, sabiendo que tienes un cáncer, a una cita que te han dado hace tres meses. Y hay que tener mucho tacto para decirle a una persona de más de 70 años que no puede pasar a consulta porque no aparece su historia clínica. A esa señora casi le da un infarto. Venía con su esposo, también enfermo y le han dado la noticia después de estar esperando 4 meses una cita con cirujía digestiva. Salió y no había nadie que la calmara, ni nadie que le dijese donde podía ir a exigir que le diesen una copia de su historia clínica. Su cara de deseperación me alarmó demasiado y primero me dejó sin palabras. Después me acerqué para ayudarla. Esperaba el resultado de una prueba para saber si tenía cancer o no. Al final, ha aparecido su historia. Menos mal.

Por eso he llegado a la conclusión que hay que articular un grupo de personas que, voluntariamente, lleven a cabo esta labor que pienso que es de las más útiles que se pueden hacer por alguien.

Igual que he dicho lo que no me ha gustado quiero agradecer también especialmente a Maria Luisa, que es la enfermera del hospital de día que ha atendido a mi padre, su fuerza, su tesón, su entrega, su simpatía y su profesionalidad. Ha conseguido animar a mi padre, que hoy cumplía años, mientras recibía la quimio. Y cuando he entrado a recogerlo tenía otra expresión diferente a la que tenía cuando entró tres horas antes. Ella jaleaba a mi padre con su cumple mientras le decía que mirara a Paco, que tiene lo mismo que él y su misma edad y se está recuperando del cáncer. Gracias Maria Luisa por darle hoy ese regalo a mi padre.

En un hueco he subido a visitar al ángel de los polos de limón. Y me ha alegrado el día. Está espectacularmente recuperada. Casi un milagro. Entonces, al salir, he pensado en algo que me dijo alguien a quien tengo un gran afecto. Cuando se tiene ganas de vivir y se lucha es muy difícil dejar de estar aquí.

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3 comentarios sobre “Sin palabras

  1. Mariví, no sabía nada de lo de tu padre. Mucho ánimo. Seguro que todo saldrá bien.
    Respecto a lo que describes del hospital, estoy totalmente de acuerdo contigo. Yo también he sentido en muchas ocasiones esa necesidad de hacer algo por tanta gente que está sola en las salas de espera, que no reciben un trato de cariño por parte del personal sanitario, etc. Tendremos que pensar en hacer algo.
    Enhorabuena por el blog!

  2. Que te voy a decir …. que te entiendo y tienes razón … es un pendiente, cuando te lances avisa … que una mano amiga seguro que encuentras 🙂

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