Leonor


 

 

Ayer cumplí uno de mis deseos. Llevo años, casi 8 años, viendo casi a diario a una señora mayor, bajita, con el peinado demasiado moderno para su edad en la Plaza de la Merced y sus alrededores. Siempre me ha llamado la atención esa señora porque siempre la veo leyendo un viejo libro o escribiendo en una libreta tamaño cuartilla con sus gafas de pasta gruesa, en alguna terraza de la Plaza de la Merced, el lugar que vió nacer al genio. Y un montón de veces he estado tentada en pararme y hablar con ella. Su mirada y su forma de estar me parecía especial. Siempre sola con una vestimenta también muy vanguardista y llena de colores vivos que resaltaban aún más su presencia en la plaza. En invierno, en otoño, en verano, siempre me la he encontrado y ha sido una constante en el paisaje de la Plaza de la libertad y de la paz. Alguna vez la vi murmurar sóla y pensé que podía tener algún tipo de demencia.

 Quizás por mi dedicación y mi trabajo con los mayores tengo una debilidad con ellos y cada vez que me cruzo con alguna persona mayor que me parece singular, trato de entablar con ella algún tipo de conversación para saber algo más de ella. Y ella es bastante singular. Como digo, después de casi 8 años cruzándome con ella casi a diario ayer tuve el placer, el privilegio y la suerte de conocerla de manera casual y sin previo aviso. Ayer tenía que ir a la peluquería. Lo de la peluquería para mí es casi una esclavitud. Por mi trabajo siempre tengo que ir arreglada y la verdad, mientras algunas mujeres disfrutan en la peluquería, para mí es casi un martirio. No tengo tiempo, siempre voy corriendo y cada vez que reparo en que tengo por la noche un acto, una cena o un evento en el que tengo que ir más arreglada, debo además sacar algo de tiempo para ir a la maldita peluquería. Menos mal que mi amigo Jaime, ese compostelano boquerón, hace que al menos me ría y desconecte un rato mientras me da los tirones con el cepillo secándome el pelo.

Pues bien, a lo que iba que me desvio del asunto, ayer cuando entré a ver a Jaime estaba terminando de peinar a la misteriosa señora rubia que deseaba conocer. Y fue toda una sorpresa para mí comprobar que dentro de ese pequeño cuerpo y de esos ojos verdes que resaltan mucho en una cara con cientos de arrugas,  existe una gran mujer y una persona con un carisma especial que derrocha elegancia y saber, mucho conocimiento de la cultura y de la vida. Le pregunté rápido su nombre cuando primero ella me decía que por la noche iba a ir al cine a ver la última película de Woody Allen. Le pegunté su edad y me dijo que eso no se lo decía a nadie. Y me contó que enviudó hace 15 años. Y en 10 minutos me relató una preciosa historia de amor entre ella y su marido, historia que para ella aún no ha terminado porque se le llenaba la cara de luz cuando hablaba de Alfonso, con  el que estuvo casada 35 años. Leonor, así se llama la señora, es catalana catalana, de la Diagonal y ha dedicado su vida al arte. Montó galerías en Barcelona y se enamoró de Málaga cuando vino a buscar galerías para sus clientes. A los 5 años se vinieron a vivir aquí y es adicta al centro de la ciudad en el que pasa ahora las horas leyendo y escribiendo en las terrazas al sol. Y me dijo que se enamoró de su marido y de la luz de Málaga. Sólo esos dos amores porque no pudo tener hijos. Vive sola, rodeada de sus recuerdos, sus libros, y su aficion por apender cada día mas.

Apasionante el encuentro casual en una mañana calurosa de este otoño tan raro que tenemos este año en Málaga. Le dí mi móvil por si alguna vez necesitaba algo, está sola en la vida y eso me provoca mucha melancolía. Ahora cuando me la cruce podré saludarla y charlar un momento con ella. Ahora ya conozco a Leonor que forma parte del paisaje del lugar en que el nació Picasso. Es una mujer misteriosa y entrañable que desprende luz propia. Creo que ronda los 80 años. Aunque ella no me dijo la edad yo hice cálculos mientras me hacía un resumen de su vida en cinco minutos. Le pregunté si era escritora y me dijo que ella escribía para ella misma y que lo que escribía era tan vanguardista que no se atrevía a publicar nada a pesar de haber tenido muchas ofertas y me enseñó su libreta y su preciosa letra de caligrafía en la que yo, al pasar por su lado cientos de veces, me había fijado ya mirando de reojo como escribía. Ese personaje que para mi era de ficción, es desde ayer una persona de carne y hueso cargada de recuerdos, de vivencias y de amor.

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3 comentarios sobre “Leonor

  1. ¡Que humanidad tan grande tienes¡ Dios te bendiga por todo el bien, que haces a las personas mayores cuando en esta sociedad tan individualista se ven como un estorbo, un abrazo
    Rosa

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