Empezamos por Benamejí


 

 

Bueno y he dejado para este post la otra cara del congreso. Hemos trabajado los tres días y hemos madrugado para estar a tiempo en las ponencias y debates. Pero también hemos disfrutado por unas horas de la judería cordobesa, de los patios, del salmorejo, de los flamenquines. Y, en definitiva, me he saltado la dieta y prometo confesárselo todo a Fernando Urdiales el jueves que me toca ir a pesarme. He compartido viaje y habitación con Los Ojos de Cartajena y con Pineda del Puerto. En mi coche, que creo que cada vez conduzco mejor, tuve la mejor de las copilotos posible. Me advertía de todo. El GPS nos jugó una mala pasada de nuevo y esa señora tan fina y educada que me habla indicándome por donde debía tirar, nos metió para llegar al hotel por las calles más estrechas de la judería cordobesa. Tan estrechas eran que casi nos quedamos encajadas al girar entre dos calles. Y un señor nos dijo que estábamos locas al entar por allí con el todoterreno. Y nos reimos mucho al comprobar que el hotel estaba justo en la puerta de la Mezquita y llevabamos un rato dando vueltas en ese precioso laberinto de calles blancas con arcos mozárabes.

Después de esos dos menús de 7 euros nos fuimos para el congreso y trabajamos toda la tarde. Y la primera noche Pineda del Puerto no quiso salir, prefería descansar porque sus hijos putativos habían tenido pesadillas nocturnas y había dormido poco. Ella que se cuida tanto, cenó en la habitación. Yo me fuí con un grupo y cenamos por 17 euros por cabeza de maravilla. Gamboy se había empeñado en ir a Bodegas Campos y yo insistía en que ese lugar es muy elegante y muy pijo pero muy caro y para guiris, y que nos iban a clavar. Afortunadamente llegamos y no se cabía. En la plaza del Potro cenamos muy bien y muy baratito. Luego fuimos al Soho, bar de moda en Córdoba en la planta 4 de un edificio que es un parking, con vistas al Guadalquivir. Un lugar precioso con una mezcla árabe y oriental, que le hace tener un ambiente muy original. No estuve mucho tiempo porque al día siguiente empezábamos muy pronto pero tuve tiempo de charlar y de compartir un  rato con buenos amigos con los que hacía tiempo que no había coincidido.

La noche del sábado fue mejor, aunque yo tenía muchas ganas de volver a Málaga por varios motivos, pero se incorporaron Juanma Moreno y Manu, su mujer. Con Juanma, que es la persona que me metió en política, tengo muy pocas oportunidades de estar porque vive en Madrid y viene poco a Málaga. Hablo mucho con él por teléfono, pero no es lo mismo. Con Juanma tuve oportunidad de hacer un repaso de todo, de lo político, del pasado, del presente, del futuro, de lo divino, de lo humano y de nuestras vidas. Y recordamos juntos algunos momentos inolvidables en esa furgoneta que alquilábamos y en la que recorrimos, como la cuadrilla de un torero, toda España para conserguir los apoyos necesarios para que Juanma fuese presidente nacional de Nuevas Generaciones. Hace 11 años de esto y parece que fue ayer. De Juanma he aprendido y aprendo mucho cada día y pude comprobar cómo hay cosas que nunca cambian, menos mal. Podemos pasar sin vernos dos meses y cuando nos vemos esa complicidad sigue existiendo como si todos los días estuviesemos juntos. Y eso me gusta, me da seguridad y me motiva para seguir trabajando. Juanma tiene una capacidad innata de generar ilusión.

Los Ojos de Cartagena llegaron el sábado al medio día y ella nunca había vivido el congreso de un Partido. Le deslumbró Gallardón y conoció a Arenas. Muchos y muchas me preguntaban que quién era esa chica tan guapa. Yo les informaba sobre quien era, añadiendo que además de guapa es muy inteligente y muy trabajadora. Y se adaptó de maravilla y me sorprendió su saber estar y su manera tan sutil de quedarse absolutamente con todos los detalles. Y gracias a ella llevé unos ojos preciosos en la velada del sábado ya que ella me maquilló los ojos con esos potingues tan bonitos que trae su hermana de Colombia.

Y el domingo de vuelta ya a Málaga, paramos las tres a comer en Benamejí al no encontrar ni una sola gasolinera en todo el camino hacia Málaga. Tuvimos la suerte de llegar a un bar, por indicación de un joven del pueblo, que estaba lleno hasta la bandera. “Puerta del sol”, así se llama el bar-restaurante de Antonio Artacho, que nos atendió de maravilla y acabó enseñándonos cómo cura sus quesos que están deliciosos. Mientras nos ponían la comida llamamos a Michael Briones para decirle que estábamos en su pueblo. Y el caballero Briones nos hizo los honores a distancia y nos sorprendió invitándonos a comer.

Un Congreso es todo esto, es mucho trabajo, debate de nuevas propuestas e ideas, renovación de ilusión y también convivencia, estrechar lazos personales con compañeros y compañeras, vivir y recordar momentos inolvidables y volver a escuchar a Jota Jota contar sus chistes, que son muy malos, pero que él los cuenta con tanta gracia que es imposible no soltar una carcajada.

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