El bombón y la carne de membrillo

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Ayer me quedé impresionada cuando llegué y la ví sonriendo, con ganas de vivir. Con su cara más angelical que nunca y esa naricita tan pequeña y respingona que le hace tener rasgos de muñeca, me devolvió parte de la felicidad que no tuve a principios de agosto.  Ayer la ví de nuevo tal y como la conocí. Estaba dando instrucciones, como cuando entrábamos a verla a la UCI y controlaba hasta el último gesto para averiguar más a través de nuestros rostros y de nuestros ojos. Ayer me regañó ella a mí y eso me gusta. Ayer sobre las 9 de la noche la ví con muchísima fuerza, más que nunca para salir adelante y retomar de nuevo la vida. Y me encantó que fuese ella la que me regañara a mí. Ultimamente era más bien al contrario y eso no me estaba gustando demasiado.

Y la ví comer carne membrillo y me emocioné sin que ella se diera cuenta. Porque el signo más evidente de que uno está bien y quiere vivir es cuando tiene hambre, cuando ante semejante plato de crema de zanahoria insípida, ella me dice que va a ponerse lo más cómoda posible para cenar. Cuando veo cómo ella, que ha salido adelante por su fortaleza y su edad, se preocupa ahora por lo esencial y me informa de cual es su nivel de plaquetas y de cuanta sangre le han puesto hoy. Y la quiero tocar, necesito sentirla cerca, y ella lo nota, y me agarra fuerte las manos mientras me pide que le cuente cómo va todo fuera de la habitación del hospital. Y yo le cuento con detalle todo lo que me pide porque sé que necesita contacto con el exterior y necesita saber que todo sigue, que cada uno de nosotros estamos en nuestro lugar cumpliendo o intentando cumplir nuestra misión cada día. Luego me dice que lleva aquí encerrada muchos días y que está un poco cansada de estar ahí y yo le digo  que el tiempo ahora no importa y que se imagine que de momento esa habitación es su pequeño universo. Y en ese universo ella es la que importa y que me pida lo que necesesite que se lo llevo. Todo menos comida, que ya me han advertido que todo ha de estar esterilizado.

Y le digo que me pida a George Cloney que yo se lo llevo allí.  Ella se ríe y casi se le cierran sus ojos algo achinados cuando gesticula para sonreir y mira a su alrededor y ve ese universo de pocos metros cuadrados donde sólo quiero que se respire paz y serenidad para que tenga más fuerzas para las siguientes sesiones de quimio que nos quedan. Serenidad que sólo debe interrumpirse con sus carcajadas, que me encargo de arrancarle cada vez que voy para que esa energía positiva que tanto necesita la empieze ya a desprender ella misma. Lo noté y ayer emanaba positividad. Eso es lo que deseo que siga ocurriendo con toda la fuerza de mi alma. Y esos bombones que me regaló por mi santo (¿a alguien le ha ocurrido ir a visitar a una amiga al hospital y que sea ella la que te regale una caja de bombones?) me los voy a comer todos, a pesar de estar eternamente a dieta porque cuando anoche me comí el primero me supo diferente, me supo a vida. El bombón y la carne membrillo tienen desde ayer sabor a tí.

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