Acabo de estar con un grupo de niñas y niñas del Sahara Occidental. Como cada verano, desde hace algunos años y gracias a la Asociación de Amigos del Pueblo Saharaui en Málaga, y sobre todo, gracias a las familias acogedoras, he disfrutado unos instantes de sus miradas, de sus abrazos y de sus gestos tan especiales. Algunos llevan viniendo varios veranos, y por eso, cada verano puedo comprobar como han ido creciendo en un lugar en el que, aunque parezca mentira, no pueden vivir en libertad.
Ya he escrito aquí lo que opino de todo esto, de la barbaridad que supone que casi 200.000 personas tuvieran que abandonar su territorio natural, donde nacieron y crecieron, y marcharse a ¿vivir? al desierto argelino. No sé como aún todos esos organismos internacionales, que tratan de velar por el cumplimiento de los Derechos Humanos, siguen sin resolver nada de nada, ni tampoco entiendo cómo el Gobierno español no toma cartas en un asunto provocado por nosotros.
Lo que sí sé, es que quedan muchas personas con el corazón tan grande como para hacer posible que casi dos centenares de niños y niñas dejen de inhalar arena del desierto, para venir estos meses a Málaga, y disfrutar del mar, y, sobre todo, puedan hacerse esas revisiones
médicas e intervenciones quirúrgicas que allí son impensables. Gracias de nuevo a esas familias malagueñas porque yo creo que no son capaces de valorar hasta que punto están haciendo posible la felicidad y el bienestar de los mejores embajadores del Sahara en Málaga.

Cometieronm un enorme error en su momento: atacar a las tropas españolas.
Me gusta tu comentario y estoy de acuerdo con él.
Un abrazo